lunes, 10 de noviembre de 2008

curiosidad

Si bien todos sabemos que cada uno es dueño de uno mismo, ese poder se ve constantemente usurpado por los demás. Por la familia, por amigos, por enemigos y, en ciertos casos, hasta por desconocidos. Metódicamente, se meten en la privacidad, observan, interrogan, exprimen y, finalmente, juzgan. Sin saber bien, sin conocer todos los lados de la historia, sin escuchar ambas campanas. No quiero desmerecer a los "metiches con buena voluntad", pero si aquello viene con intención oscura, con búsqueda de beneficio propio, es cuando uno se replantea los deseos del investigador. Obviamente, nadie está exento de esas ganas de saber más, pero mi papá siempre dijo "los extremos son malos", y es cuando la curiosidad se lleva al extremo donde ya te produce desconfianza, duda y también hasta la finalización de relaciones. Por lo pronto hay que saber (y si no se sabe, aprender) a autoevaluarse, a observarse más detenidamente en el espejo de nuestra propia vida. No digo que sea fácil, para nada. Pero no es imposible, y las miradas hacia uno mismo siempre traen buenos frutos, para potenciar buenas actitudes y suprimir las malas. Y si te ves en esa tentación de cumplir el papel de Sherlock Holmes por un ratito, mejor pensalo dos veces antes.

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